No, no voy a hablar de Génova, lugar de nacimiento del ilustre navegante, sino de Colombia, país que adoptó su nombre en honor al descubridor (Cristoforo Colombo, en italiano).
Colombia es uno de los últimos destinos que ha entrado en la colección de NUBA, y lo ha hecho por la puerta grande, porque lo tiene todo: parques naturales, arte, hermosas playas, preciosos pueblos coloniales, gentes amables, gastronomía y cultura, mucha cultura.

Valle de Cocora

Valle de Cocora


La mejor manera de conocer este extraordinario país, que empieza a abrirse al turismo, es comenzando por su capital, Bogotá. Imprescindible la visita al impresionante Museo del Oro, situado en el Banco de la República de Colombia y que atesora la colección de orfebrería prehispánica más grande del mundo, incluida la famosa Balsa Muisca que dio origen a la leyenda de El Dorado.
En un paseo por el histórico barrio de La Candelaria, es parada obligatoria el Museo Botero, donde pueden admirarse tanto obras del artista colombiano como de su colección de arte particular.
Subir al cerro Monserrate en funicular para contemplar la puesta de sol sobre la capital mientras degustas uno de los mejores cafés del mundo en su terraza, es una experiencia que probablemente haga que te enamores de esta ciudad.
Montserrate

El cerro de Monserrate, símbolo de la ciudad de Bogotá


 
Balcones y portones centenarios en Salento

Balcones y portones centenarios en Salento


Y para terminar el día, qué mejor forma que probando la gastronomía nacional en el elegante Harry Sasson o en el archiconocido Andrés Carne de Res, muy recomendable si viajas con niños.
Paseando por el Eje Cafetero, con sus plantaciones de café y sus bonitos pueblos coloniales como Salento o Filandia (sin N), es fácil entender porque toda aquella región fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Café en Salento

Parada obligatoria para tomar el mejor café en Salento


Aquí también se encuentra el onírico Valle de Cocora, hogar del árbol nacional colombiano, las palmas de cera del Quindío, entre las cuales sorprende ver pastando a enormes toros de lidia que delatan la afición de los colombianos por la tauromaquia.
Viajando al norte del país nos encontramos con Mompox, una ciudad colonial a orillas de un río que parece el decorado de una película olvidado en medio de los trópicos. Sus habitantes circulan en bicicleta y, al atardecer, cuando empieza el concierto de ranas y grillos, sacan sus mecedoras a la puerta de sus casas para charlar con los vecinos. Casas, por cierto, cuyos elevados portales, rejas de hierro forjado y patios interiores con fuentes, nos permiten reconocer fácilmente la impronta de la arquitectura andaluza; no en vano las primeras familias de la ciudad vinieron de Sevilla. En lugares como este, uno comprende que no es casual que uno de los mayores exponentes del “realismo mágico”, el genial Gabo, fuese colombiano.
Casa San Agustín, Cartagena de Indias

Hotel Casa San Agustín, Cartagena de Indias


Y finalmente, como no, a orillas del mar Caribe, la bella Cartagena de Indias, una de las joyas coloniales mejor conservadas de América y a la cual el almirante vasco Blas de Lezo mantuvo en poder de la corona española al lograr derrotar, con 6 barcos y 3.000 hombres, a la Armada inglesa, que contaba con 32.000 hombres y casi 200 barcos, formando la que fuera la mayor flota de guerra de la historia hasta esa fecha.
Cartagena de Indias

Callejeando por Cartagena de Indias


Pablo Bárcena, Director de NUBA Las Arenas (Getxo)
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